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  • Introducción

    A mis amigos los sumilleres y a nuestros respetados clientes

    Una vez escuche a un pintor murciano decir que el arte, antes de nada, se siente y luego, puedes estudiar historia del arte y cuando contemplas alguna obra, ubicarla aquí o allá. Decía este hombre que a veces se encontraba a personas que le comentaban que a ellos, tal o cual cuadro les gustaba o no, que ellos eran más de esto o aquello, a lo que el pintor les respondió: si te gusta poco, a lo mejor es que estudias poco.

    Me encantaría llegar a ser algún día en esto del vino un “anti-sumiller”, a pesar de conocer a unas cuantas soberbias excepciones en esa maravillosa profesión, pero es que abunda una especie de “mal bicho” que suele reunir tal elenco de absurdas facultades que a veces pienso que si fueran más pavos, reventarían en medio de la sala del restaurante. Aunque cierto es que esa figura estúpida del sumiller engreído es el contrapunto justo al otro extremo: el snob pseudo-aficionado que dice “entender” mucho de vino; si los juntas el resultado es mucho más insoportable que una reunión de politicastros demagogos y mentirosos. Lo que me encanta de todo eso es que, los unos y los otros, se están dedicando a beberse todo el vino mediocre del planeta y así nos dejan a los demás, que nos tomamos esto de otra forma, bebernos los buenos vinos. El ecosistema se equilibra solo, la naturaleza es sabia.

    Cuando empecé a tomarme un poco en serio esto del vino, alardeaba de ir a catas donde probaba mas de cien vinos en una sola mañana, hasta darme cuenta de que me pasaba lo mismo que a casi todos, solo valoraba los más densos y opulentos, penalizando a los más finos y elegantes, por puro agotamiento. Me di cuenta de que ese camino no era para mí el correcto, a mí no me sirve. He leído hace poco decir a Jean-Claude Berrouet (el de Petrus) que cuando su padre era comerciante de vinos, cataba un solo vino en una semana entera, y si el viernes todavía le gustaba, lo incluía en su oferta. Eso me gusta más, va más conmigo.

    Hay vinos para disfrutar desenfadadamente de una buena comida, otros de reflexión y emocionantes que casi deberían tomarse solos, hay muchos tipos de vino, pero todos deben tener un denominador común: el placer, el buen rollo, el acercar a las personas, el hacernos más humanos y vivir más felices, al menos durante esas dos benditas horas (algunas más en caso de tener amigos como los míos).

    Hoy en día alardeo de no entender absolutamente nada de vino, me parece maravilloso darme cuenta de lo inmensamente rico que es este mundo, de lo subjetivo que es todo (pero no anárquico, ojo) y de saber reírme de mí mismo cuando por inercia me pongo “tonto”, como si quisiera parecer un “experto”. Mi ambición es llegar a ser un experto en disfrutar del vino, de mis amigos y de la vida. Una de las mejores facultades de un gran vino es la lección de humildad que suele darnos.

    ¿por qué este Cuaderno de Campo? Porque quiero compartir con ustedes mis mejores vivencias. Me gustaría aportar mi granito de arena a que alguien consiga contagiarse de esta “enfermedad”, pero de forma sana, sin snobismo, sin tanta tontería, sin modas, sin querer ahondar en el vino porque “queda bien socialmente”. Pero es imposible llegar al disfrute máximo, a la emoción de un gran vino, desde la ignorancia y el desconocimiento. Prueben a dar un paseo por el bosque solos y luego repítanlo con un botánico a su lado, les descubrirá un mundo nuevo e increíble donde antes solo habían arboles, matojos y piedras.

    Me produce más placer ver a una pareja joven, con poco poder adquisitivo, disfrutar sanamente de un maceración carbónica de diez euros, que a un ricachón engullir sin paladearlo siquiera un vino de quinientos, pero dicho esto, los vinos emocionantes de los que les hablo no están en los lineales de los supermercados y por desgracia tampoco están en muchas de las tiendas que se proclaman especializadas. Somos un país productor y eso nos hace muy ombliguistas, no solemos mirar fuera de España y lo peor es que incluso dentro, nos dejamos llevar por guías nefastas, por la maquinaria del márketing y nos bebemos, casi siempre, lo más infumable del mercado.

    Este Cuaderno irá creciendo de forma desordenada y anárquica, según vaya yo viajando, catando y sintiendo, pues quiero que sea muy subjetivo, incluso polémico, me gustaría que fuese didáctico, pero sobre todas las cosas… apasionado. En él aparecerán descripciones de zonas y regiones, pero también catas puntuales de algunos vinos, o comentarios sobre productores concretos, todo ello en la sana ambición de compartirlo con usted.

    Los clientes vienen a los restaurantes a disfrutar, a sentir el placer de una buena velada en compañía y olvidarse por un rato de sus problemas; la labor del sumiller es muy importante, debe saber poner al servicio de ese disfrute todo lo que sabe o cree saber, desde la sombra, discretísimamente y hacer su trabajo de forma impecable tanto si descorcha un gran burdeos viejo como si es una coca-cola. 

     

    El protagonista es el cliente y su placer, amigos sumilleres.